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Playlist "Ábrete de Orejas"

Los años ochenta en el siglo XXI

En el número impreso de diciembre de la revista Ruta 66, la editorial firmada por Alfred Crespo no deja de ser inquietante. Si bien es cierto que sufrimos un fenómeno que ya no se puede catalogar de vintage, sino de verdadero revival casi estructural, tampoco hay que menospreciar el hecho en sí. ¿Por qué vuelven periódicamente los recuerdos a esos tiempos pasados que siempre fueron mejor?


Creo que se unen dos factores principales. El más importante de todos es la necesidad imperiosa de crear nichos de negocio para un mercado al que se le inculca la demanda. Así de sencillo.

Rescatemos un símil más reciente. Cuando aún la tecnología de telefonía móvil no estaba tan asentada como ahora, se realizaron auténticas campañas de mercadotecnia psicológica que hicieron convencernos a todos de la necesidad de tener uno de esos artefactos que nos permitía estar conectados en todo momento. Y también localizados (a pesar de que se rajase lo indecible por este último hecho, pero raro era el que no estaba rogando por tener un Nokia, Ericsson o derivados). Desde ese momento, hasta nuestros días.

Hagamos un razonamiento similar con la estética pseudo ochentera que se está instalando a nuestro alrededor. Para los que tengan edad suficiente para acordarse, entre los ochenta y los noventa dieron una matraca considerable con una parte del sonido cincuentero y sesentero ("C'mon everybody!"), llenando las hasta ese momento imprescindibles estaciones de radio de megamixes absurdos con piezas rockanrolescas clásicas que hartaban al más pintado. Pero, aún así, se escuchaban, se vendían esos discos. Puro marketing "emocional".

Ahora le va tocando a la, a veces, denostada década supuestamente dorada del pop-rock mundial. Y para ello hay que ir poniendo en alza todo aquello que huela a esa época. Hace poco, salía una edición vintage de un Nokia...¿la habéis visto? En plena época de smartphones que controlan todos tus movimientos y estás continuamente conectado everywhere, vuelve lo primigenio, con una cámara como el gadget más adelantado.

Pero me gustaría incidir en un hecho aún más sangrante para mí y que como si de una moda comercial norteamericana se tratase, se va instalando poco a poco en nuestras vidas. Los discos de vinilo tuvieron su reinado hasta mediados de los ochenta, desbancado por el acertado formato de compact disc que permanece hasta nuestros días y que, poco a poco, va viendo como se desvanece en el tiempo gracias a los formatos digitales que facilitan las descargas y streaming a través de plataformas de internet.

Durante estas tres décadas, los vinilos pasaron a desaparecer formando parte como mucho de mercadillos y tiendas de compra-venta, ocupando aún así relativamente poco espacio comercial y con precios más que asequibles para un público que tan sólo estaba formado por amantes del sonido crujiente y chispeante de una aguja en el giradiscos o buscadores de tesoros olvidados, rezando para que estuviera en buenas condiciones de sonido al comprarlo. Después, comenzaron a aparecer las publicaciones "para coleccionistas", esos términos que llevan acuñados un largo tiempo y que siempre se asociaba a verdaderos obsesionados con cajas de discos, posters, pegatinas y demás enseres de un artista o grupo fetiche. Pero, no era así.

Lo que aparecían eran ediciones en vinilo de 180 gr (más grueso que los clásicos convencionales y de mejor calidad de sonido, supuestamente) de trabajos discográficos, algunos contemporáneos otros rescatados. Sin extras, pero recuperando la estética de las portadas, a tamaño grande como realmente se disfrutan. Repito, sin extras. ¿Por qué insisto? Porque quiero incidir sobre el hecho de que estas ediciones se ponían a la venta a precios más que destacables. No era raro encontrarse vinilos por más de 35€. Evidentemente, si ya nos parecía caro el formato CD, imagínate en este caso.

Así estuvimos pasando los noventa y la primera década del siglo XXI. Pero, ¡oh, amigos!, llegamos a la década actual y nos encontramos con que en las tiendas de discos y zonas musicales de grandes almacenes más o menos especializados, aparece más superficie dedicada al vinilo que al CD. Y no creáis que los precios han bajado...permanecen por encima de 35€ y mucho más. Ya no son artículos de lujo para coleccionistas, estamos hablando de la vuelta del vinilo a nuestras vidas, pero a precios más acojonantes de los que comparativamente tenían en los años ochenta. Así no vale.

Así llegamos al segundo factor de importancia para que este momento tenga éxito perdurable: el público hacia el que está dirigido todo esto. Lógicamente, para que económicamente todo funcione, debe de estar pensado hacia un target de público con poder adquisitivo y que no le importe gastar dinero en algo que "sabe de sobra que es bueno y está de puta madre". ¿Qué mejor va a sonar que un disco de vinilo?¿Y el placer de tener entre las manos un artwork de grandes dimensiones? No veas lo chulo que queda esto en la estantería del salón o en mi despacho personal, justo al lado del plato que me he comprado en el Media Markt y que además reproduce mp3!!!... Mola cantidubi!

Esa es la vuelta a la década por antonomasia, esa década que nos cambio la forma de pensar, actuar, vestir, agruparnos, componer, escribir, leer...Parece que estemos buscando (ayudados por los empujoncitos mercadotécnicos) de una identidad que perdimos en su momento y que las nuevas generaciones (que no conocieron in situ la época) parece que quieren reivindicar porque se sienten identificadan con algunos de los movimientos libertarios (e incluso libertinos) que la caracterizaban.

Lo antiguo siempre llama la atención. Por suerte, a medida que pasa el tiempo más cosas permanecen en los soportes adecuados para mantener la memoria. No hay que irse a estudios arqueológicos de importancia para descubrir cómo respiraba la sociedad de los ochenta y cómo se desenvolvía, con sus luces y sus sombras. Daros cuenta que para muchos, sus padres pertenecen a esa época.

No olvidemos que esos años fueron los de auge del fenómeno Star Wars (la forja de una serie mitológica), Star Trek, las series de dibujos animados japoneses (origen del manga), Alien, el cine FX, la experimentación musical electrónica (Brian Eno, OMD, los ya por entonces admirados Kraftwerk, Jean-Michel Jarre,...), la comercialización del rock sinfónico setentero (Mike Oldfield, Alan Parsons Project, Pink Floyd, Yes, ELO,...)


Por eso, no es de extrañar que nos encontremos una serie como "Stranger Things" (con la peculiaridad de ser una serie de éxito y casi de culto a través de plataforma digital como es Netflix, esto último nada ochentero), ambientada en esa época en Estados Unidos, con fenómenos mezcla entre Alien y Viernes 13, y las estéticas que veremos a ver lo que tardan en volver a instalarse entre nuestros congéneres (¿volverán las hombreras? ¿Y las cintas para el sudor de la cabeza? ¿Y los calentadores?... Ups! Estos últimos ya los he visto por ahí hace poco...) Si a todo esto le unimos que la banda sonora de la serie es de Kyle Dixon y Michael Stein (miembros de Survive, formación synthwave de sonido tremendamente electrónico ochentero, my friend), la formula se hace perfecta.

De hecho, ya llevan dos temporadas y hay una tercera en ciernes...pero eso será en 2019. Como colofón a este artículo, lanzo la siguiente propuesta: comprar la B.S.O. de Stranger Things en vinilo de 180 gr. Eso sería la leche!

Ahora, tan sólo queda esperar y ver si el fenecido walkman vuelve a nuestras vidas. Yo, por si acaso, aún tengo cintas Sony HF de 60 minutos vírgenes... qué cosas, no?

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